ener dislexia no tiene nada que ver con el coeficiente intelectual de cada uno, pero ningún estudiante que tenga dificultades para leer va a pensar esto inherentemente. De modo que es algo que una figura de autoridad necesita decirle a sus alumnos con dislexia hasta que se lo crean. Porque hay maneras en que los educadores pueden cambiar su percepción de la dislexia y ayudar a quienes la tienen a cambiar también su percepción de sí mismos.

El primer paso es comprender la brecha entre la inteligencia y las habilidades académicas. Nuestra inteligencia puede ser realmente alta, pero la brecha entre nuestra inteligencia y nuestras habilidades puede ser lo suficientemente amplia como para tener algún tipo de discapacidad de aprendizaje. Y no hay que sentirse avergonzado por ello. De forma que habría que convertir posibles pensamientos negativos en conversaciones abiertas sin ocultar el problema.

Otro paso consiste en ver más allá de las letras revueltas. Alguien con dislexia invierte sus letras, pero no por ello tiene problemas para ser creativo, resolver problemas o debatir un tema. Son los conceptos más procesales los que les resultan casi imposibles de dominar.

El docente Jillian Kaster, disléxico y hoy reconocido experto en este ámbito, reconoce que al leer “Overcoming Dyslexia”, de Sally Shaywitz, y “The Dyslexia Advantage”, de Brock Eide and Fernette Eide, ambos libros contenían relatos que le recordaban completamente a su propia historia educativa.

Desde la propia experiencia de Kaster, cuando se trataba de leer, cuenta que confiaba mucho en el contexto. Saltaba palabras que no conocía, llenando esos vacíos con palabras que pensaba que tendrían sentido y se veía a sí mismo como un gran pensador, concluyendo que mientras entendiera lo esencial, estaría bien. Son estos mecanismos para afrontar la dislexia los más difíciles de detectar por los educadores, pero por eso es tan importante desarrollar relaciones efectivas entre docentes y alumnos.

Un tercer paso consiste en aligerar la carga cognitiva. Desde su experiencia con la dislexia, las tareas de lectura le resultaban abrumadoras y dejaban exhausto. Por lo que recomendaría que la forma más fácil en la que un educador puede aumentar la confianza de un niño es reducir la dificultad que percibe de las tareas.

Por último, tener un diagnóstico claro ayuda a los estudiantes y sus familias a entender lo que está sucediendo, pero el éxito académico depende en gran parte del poderoso vínculo entre el maestro y el estudiante. Kaster explica que las clases en las que tuvo éxito fueron impartidas por educadores con los que conectó y que decidieron darle la oportunidad de ver más allá. “Ese tipo de relación da a los estudiantes la oportunidad de separar sus fortalezas de sus habilidades”, concluye.

 

Por Manuel Caro. Blog@MHE